Cualquier persona pequeña cuando nace y llega al mundo, de forma involuntaria empieza a desarrollar con el paso de los días, las semanas, los meses y los años, las capacidades cognoscitivas de forma continua. Esto se debe a que el recién nacido desde el primer momento está conectado con los estímulos del mundo y obviamente, con las personas de su alrededor, las cuales le enseñan a utilizar el lenguaje.
Esas capacidades
cognoscitivas, de alguna manera podríamos decir que desembocan en el saber, en
el más puro conocimiento. Conforme un niño va adquiriendo palabras nuevas y conocimientos,
va haciendo un buen uso del lenguaje.
Y es ese buen
uso del lenguaje el que precisamente, hace que la criatura empiece a preguntarse cosas debido a que, si una persona adquiere nuevos conocimientos, eso tarde o
temprano le generará dudas, de lo contrario, si no se posee ningún tipo de
saber, no tendríamos ninguna inquietud cuando somos pequeños por hacer
preguntas. Ya sea desde el saber más trivial como que solo se
debe cruzar un paso de peatones cuando el semáforo está en verde, hasta el saber
más complejo que le pueda parecer a cualquier niño pequeño.
La filosofía es
poner en duda absolutamente todo, no dar por sentado nada y cuestionarse las
veces que hagan falta cualquier tema, aunque parezca que ya se haya dado por solucionado.
La palabra clave que repite de forma continua la mayoría de niños, en esa etapa
temprana es: ¿POR QUÉ...?
Curiosamente,
conforme vamos creciendo dejamos de preguntar tantas cosas, nos olvidamos en
cierta parte de esa curiosidad por el saber de algo, ese es el momento en el
que empezamos a dar por sentado las cosas. Una posible respuesta de por qué
pasa esto quizás la podemos encontrar en el hecho de que cuando nos educan en
la escuela, no nos fomentan a dar rienda suelta a nuestro pensamiento, nos conducen
a asentir lo establecido, sea correcto o incorrecto.
De esta forma, se
podría afirmar que, en la fase infantil, sí existe la inquietud filosófica (aunque los propios niños no sean conscientes de ello) que
todo filósofo debe tener: poner con interrogantes todo. Si ese interés por
preguntar lo fomentáramos más en el momento oportuno, se podría ver de una
forma más clara y concisa cómo en los jóvenes más desarrollados (adolescentes) reside aún ese
despertar por el interés filosófico, solo hace falta despertarlo y activarlo.
No sería una paradoja
pues que al crecer olvidáramos esa capacidad de asombro y curiosidad. Por esta
misma razón urge tanto el papel de la filosofía en la educación. Si fomentamos
esta postura de asentimiento, estaremos formando a jóvenes que carecerán de una
gama muy extensa y amplia de inquietud por cualquier asunto de la vida.
Acabarán siendo tarde o temprano, simples cerebros en cubetas.