A día de hoy, está muy de moda pedir perdón por cualquier cosa, se hace tanto, que puede que haya perdido con el paso del tiempo el verdadero valor que contiene un acto como el de pedir perdón para ser perdonado. Pero... ¿Hay varios tipos de perdón? ¿Todo perdón vale? ¿El perdón tiene límites?
A simple vista, el perdón existe porque existe el mal. El ser humano cuando obra una acción moralmente incorrecta puede generar en los demás daño y si esa persona que ha actuado mal, tiene conciencia de sí mismo y piensa por sí mismo, puede llegar a ser consciente de la maldad que ha cometido.
El holocausto producido durante la Segunda Guerra Mundial marcó un antes y un después, no solo en la historia del mundo sino también en la visión que se tenía sobre la muerte humana. A raíz de todos esos crímenes horrorosos, nació un nuevo tipo de muerte en la que ya no moría la persona, moría una copia de la copia. Se produjo una clara deshumanización bestial del propio individuo, donde al sujeto le habían arrebatado su vida en toda su totalidad. Los judíos frente a los alemanes nazis ya no entraban dentro de la categoría de persona, fueron reducidos a meros insectos, los cuales debían morir para eliminar esa "plaga". Theodor Adorno, en Dialéctica Negativa, ejemplificó este asunto de la manera más real y sincera. Cito textualmente:
"Con el asesinato administrativo de millones, la muerte se convirtió en algo que nunca había sido todavía de temer así. Ya no había ninguna posibilidad de que entrara en la vida experimentada de los individuos como algo concordante con el curso de ésta. El individuo es despojado de lo último y más pobre que le había quedado. El hecho de que en los campos ya no muriese el individuo, sino el ejemplar, tiene que afectar también a la muerte de los que escaparon a la medida. (...) Auschwitz confirma el filosofema de la identidad pura como la muerte" (Página 332)
En el siglo XX con Hannah Arendt se rehabilita el problema del mal con su tesis fundamental de la banalidad del mal en Eichmann en Jerusalén. Con lo cual, el problema del mal se enfoca en la teodicea desde Epicuro hasta Hume, aunque más tarde Hannah Arendt renueva de una forma novedosa el problema del mal con la llegada de acontecimientos terribles como genocidios o ataques terroristas.
Nos centraremos básicamente en la obra Eichmann en Jerusalén (1963) de Hannah Arendt, escritora, teórica política y una de las filósofas más influyentes del siglo XX. Dicha obra, nos permitirá adentrarnos en el problema del mal banal, término que fue acuñado por la propia Hannah Arendt y que tanto nos liga al mal y al perdón.
Si nos centramos en primer lugar en Eichmann en Jerusalén, el sujeto protagonista será Adolf Eichmann. Fue miembro de la SS y fue el funcionario responsable del traslado de millones de judíos a los campos de concentración y exterminio. Huyó de Alemania escapando de los juicios de Núremberg de 1945/1946, sin embargo, el Mossad lo encontró en Argentina, lo secuestró y fue juzgado en Jerusalén y finalmente ejecutado en el año 1962. Hannah Arendt fue enviada como corresponsal de prensa desde Estados Unidos y al finalizar el proceso judicial al cual se tuvo que someter Eichmann, realizó el libro Eichmann en Jerusalén, cuyo polémico y famoso subtítulo es: “Un estudio sobre la banalidad del mal”.
Nos tiene que quedar claro que Eichmann era
un personaje banal, lo que se opone a la idea del mal como algo profundo y
misterioso. Era un “idiota moral” incapaz de pensar por sí mismo y con la
imposibilidad de poseer un juicio propio para pensar y actuar.
Si nos adentramos en los capítulos más
relevantes de esta magnífica obra, nos podemos detener en el capítulo 8. En
este capítulo, y más concretamente, en la página 206, dice Hannah Arendt lo
siguiente, cito textualmente:
“El sueño de Eichmann fue una increíble pesadilla para los judíos; en ningún lugar se deportó y asesinó a tanta gente en tan poco tiempo"
Esto nos puede llevar a pensar en la
siguiente pregunta… ¿Hasta qué punto perseguir tus sueños implica arrebatarle
todo a una persona, incluso su vida solo por tus preferencias personales?
Hannah Arendt como bien decía, la acción que
llevó a cabo Eichmann fue contradictoria porque el propio Eichmann en el
interrogatorio policial, afirmó que siempre había vivido conforme a la
definición kantiana de deber, es decir, con el imperativo categórico kantiano.
La autora nos relata de una forma muy detallada el momento del juicio en el que
Eichmann se atreve a mencionar a Kant. En el propio interrogatorio policial,
Eichmann afirmó con certeza y seguridad que siempre siguió las pautas morales
de Kant y aún más la definición de deber. No obstante, Eichmann acaba
reconociendo más tarde que terminó abandonando el imperativo categórico cuando
se le encargó llevar a cabo “la solución final” en el año 1942.
Lo que hizo simplemente Eichmann fue sustituir
a su antojo y gusto individual el imperativo categórico kantiano por el
imperativo categórico del Tercer Reich que dice: “Haz aquello que contaría con
la aprobación del Führer”. Pero lo cierto es que, si Eichmann hubiera seguido
correctamente el imperativo categórico kantiano, nunca hubiera utilizado a los
judíos como un mero medio para conseguir sus propios fines, debido a que el
imperativo categórico nunca podría haber llegado a justificar un genocidio. Esto se debe a que Kant se posicionaba desde una perspectiva totalmente deontologista, es
decir, Kant abogaba por el hecho de que el valor moral de una acción depende
del tipo de acción. Por lo tanto, Kant nunca habría aceptado hacer todo lo que
hizo Eichmann porque eso sería literalmente ASESINAR, y eso no lo debemos hacer
nunca porque no entra dentro de nuestro deber y esa acción no es considerada
como una máxima universal aplicable para todo el mundo, además de que estarías
utilizando a una persona como un medio y no como un fin para el logro de tus
propios intereses personales.
La figura de Eichmann se correspondería con la de un puro fanático o seguidista, ya que, acataba todas las órdenes sin rechistar, necesitaba que alguien pensara por él para luego él actuar tal y como lo que le habían dicho.
Y creo que debemos destacar que, aunque Eichmann no era ningún psicópata, ni la viva imagen de alguien endemoniado o puramente maléfico, Eichmann no era alguien corriente ni normal. No debemos trivializar de una manera tan irracional y rápida todo el análisis que hizo Hannah Arendt acerca de la banalidad del mal porque eso implicaría decir que todos podríamos ser nazis y eso es imposible si no se dan una serie de circunstancias específicas.
Eichmann no era ningún monstruo, pero tampoco
era cualquiera porque para llegar a ser como él tendría que haber
obligatoriamente un régimen político criminal como lo había en la época de la
Alemania nazi. Y sobre todo tendríamos que renunciar obligatoriamente a nuestro
juicio moral, padeciendo así una ceguera moral que nos haría totalmente
incapaces de pensar por nosotros mismos y de actuar sin recibir ninguna orden.
Según Kierkegaard (1813-1855), el perdón sería capaz de eliminar el pecado que se perdona, acudiendo así a Dios, diciendo que no hay nada que Dios no pueda perdonar, exceptuando la de <<negarse a creer en su grandeza, en su perdón>>. Por lo tanto este filósofo danés pone en relación de una forma muy ligada el perdón con el olvido.
Entonces... ¿Cuáles son los límites del perdón? ¿Debemos perdonar a un nazi que ha matado a miles de judíos? El mal puede llegar a ser obra de la gente normal y corriente que se deja llevar por la ideología dominante sin preguntarse ni cuestionarse nada, aunque dicha ideología llegue a ser hasta criminal. Y a todas esas personas que no están dispuestas a pensar, según Hannah Arendt, no se las puede perdonar.
De toda tragedia tenemos que sacar alguna moraleja para que podamos avanzar positivamente como sociedad y justamente en este caso, creo que nuestro deber se basa en no parar de recordar todos los crímenes contra la humanidad que se cometieron. No podemos mirar hacia otro lado, lo que pasó en los campos de concentración puede volver a pasar si se dan las medidas y circunstancia adecuadas. La historia está para no olvidarla, ya que todo lo que no recordamos, tendemos a repetirlo.